«Puedes dar por hecho que tu adolescente está constantemente intentando responder tres preguntas importantes de la vida: ¿Quién soy? ¿A quién pertenezco? ¿Hacia dónde voy?». Kara Powell, profesora de ministerio cristiano con jóvenes y familias en el Fuller Youth Institute (FYI), en California, descubrió que con estas tres preguntas en mente se llega mucho más lejos que con los conocimientos habituales sobre cómo tratar con adolescentes. Hace poco, Kara habló con Carey Nieuwhof en su pódcast, el Carey Nieuwhof Leadership Podcast (en inglés), sobre por qué la generación Z deconstruye su fe y deja la iglesia, cómo combatir el veneno de las redes sociales y qué le gustaría a la próxima generación que la iglesia dejara de hacer o empezara a hacer. Lo primero que critica es que las iglesias de hoy siempre se apresuran a dar respuestas, pero a preguntas que los jóvenes ni siquiera se hacen.
Aquí van mis hallazgos para ti:
Sé curioso, no un sabelotodo
Según Kara Powell, el primer paso consiste en adoptar una actitud abierta y curiosa hacia los jóvenes. En lugar de reaccionar enseguida con respuestas, es importante buscarlas junto con tu hijo y fomentar su reflexión personal. Los adultos deberían mostrar interés por las preguntas y las dudas del hijo y animarlo a expresar lo que piensa y lo que siente. Kara señala que Jesús no respondió tantas preguntas: sobre todo, respondía con otras preguntas. En las conversaciones personales, Jesús hacía pocas afirmaciones. En ese sentido, ¡ya en tiempos bíblicos estaba a la altura de un psicoterapeuta moderno! Además de su trabajo de terapeuta, Jesús era también un rebelde de primera: las respuestas de sabelotodo de la élite religiosa de su época lo sacaban de quicio, y él intentaba desmontar todas las tradiciones y creencias innecesarias y falsas que podía. ¿¡Jesús, el inventor de la deconstrucción!?
Mantén el diálogo abierto
La comunicación es la clave. Los padres que sacan tiempo con regularidad para conversaciones abiertas con sus hijos construyen con ellos una relación de apoyo y confianza. Cuando los padres mantienen viva la conversación y están dispuestos a hablar con sus adolescentes incluso a deshoras, sus hijos se sienten seguros para compartir sus pensamientos y sus preguntas. Pregunta a otros padres cómo crearon momentos para estar juntos con sus adolescentes y aprende de ellos.
Ayuda en la búsqueda de pertenencia
Según Kara Powell, un uso excesivo del smartphone puede ser una señal de que tu hijo está buscando pertenecer a algo. El problema es que es bastante mala idea buscar un sentido de pertenencia en las redes sociales cuando comparas tu versión más pasiva y más débil (solo, sin hacer nada, tirado en el sofá) con la mejor versión que los demás proyectan de sí mismos en esas mismas redes. Eso puede ser muy poco saludable. No es casualidad que el aumento de las tasas de depresión y de suicidio vaya de la mano del aumento del uso del smartphone y de la disminución del contacto en la vida real entre los jóvenes. Así que, ¡a limitar! Bueno, en eso de prohibir, los padres malvados somos expertos. Pero ¿cómo ayudar a tu hijo no solo a limitar el uso del smartphone, sino también a satisfacer en otra parte su necesidad de pertenencia? Es decir, ¿cómo se pueden orquestar las alternativas? Muchos adolescentes necesitan a alguien que los ayude a cuidar sus amistades, a ponerse en marcha y a animarse a entrar en un club deportivo, a ir a un campamento o a un festival. ¿Y si fueras tú quien diera el primer empujón?
Buscar respuestas juntos
Cuando surgen grandes preguntas que ponen a prueba la fe, por ejemplo sobre incoherencias en la Biblia, es importante no reaccionar enseguida con conocimientos (improvisados), sino buscar respuestas juntos. En la era de YouTube y Google, no hace falta explicarle a ningún adolescente que a veces uno necesita ayuda para entender mejor a Dios.
Al contrario, los padres pueden convertir en hábito el investigar juntos y verse a sí mismos como compañeros de aprendizaje.
Con las tareas de matemáticas también nos pasa: los padres primero tenemos que volver a ponernos al día para poder ayudar a nuestros hijos (eeeh… bueno, yo al menos). Ofrece además a tu hijo la posibilidad de hablar con personas con buena formación teológica o de investigar juntos para explorar distintas perspectivas.
La importancia de las relaciones
Aquí es fundamental una comunidad que apoye. De verdad hace falta «todo un pueblo», como dice el proverbio. Porque por mucho que sepamos lo que nos hace bien, cómo deberíamos comportarnos y demás, si no tenemos amigos y conocidos que nos traten con gracia, que nos miren con buenos ojos, que nos animen y nos exhorten, que nos confronten y nos perdonen, nos rompemos por dentro. De verdad hace falta la familia de la fe. Procura que tu hijo esté rodeado de personas amorosas y comprensivas que puedan acompañarlo en su camino espiritual. ¿Tú no tuviste padres o madres espirituales en tu juventud y te habría gustado tenerlos? Quizá puedas identificar y «reclutar» a alguien para tu adolescente, alguien a quien no se le ocurriría por sí mismo asumir ese papel con la generación más joven. Eso puede ayudar a tu hijo a sentirse aceptado y apoyado mientras explora y desarrolla su fe.
No perder de vista las prioridades
En casa, buena parte de la comunicación tiene que ver con la gestión del tiempo y consiste en conversaciones de emergencia: la bolsa de deporte que hay que encontrar con urgencia; la comida que no está lista a tiempo para calmar un hambre de lobo; las tareas que siguen sin hacer; el examen del que uno se acuerda la noche anterior; la cama en la que ya habría que estar desde hace media hora; la salida hacia la iglesia, cuando ya vamos tarde. Jesús, en realidad, nunca iba con prisas. De algún modo había descubierto cómo resucitar a alguien cuando llegaba tarde para el milagro normal. ¿Cómo logramos como familia no dejarnos gobernar por el tiempo (y el dinero), sino deslizarnos hacia el reino de Dios, con sus prioridades tan propias?
En un mundo marcado por la falta de tiempo y el estrés, es importante no perder de vista las prioridades.
Haz espacio para actividades en común, momentos devocionales y tiempos de descanso, para encontrar el equilibrio entre la gestión del tiempo y el crecimiento interior.
Aprender juntos
Toma este camino espiritual como una oportunidad para aprender juntos. Desarrolla con tu hijo una cultura de investigación y descubrimiento en la que aprender juntos forme parte del día a día.
Si pones en práctica estos consejos, puedes ayudar a tu hijo a atravesar los desafíos de la (de)construcción de la fe y a desarrollar una fe auténtica y plena.
Versión en español: octubre de 2026

