¿Alguna vez te has sorprendido convirtiéndote, sin darte cuenta, en el «sepulturero» de tus propias relaciones?

Un hombre sentado en un banco se cubre la cara con las dos manos
Foto: Unsplash

«Sí, tú lo pediste prestado y no lo devolviste». Estoy sentada a la mesa con dos adolescentes, hermanos, y escucho este reproche. Mis pensamientos se aceleran. No recuerdo nada. Al parecer, hace dos años les pedí prestado un juego y no se lo devolví. Para los hermanos está claro: el juego no aparece en su casa, y recuerdan que una vez me lo llevé prestado. La conclusión parece evidente: no lo devolví. En mi cabeza, en cambio, hay un vacío: no recuerdo nada. Normalmente siempre devuelvo lo que me prestan, y guardo las cosas prestadas en lugares concretos. El juego en cuestión no está ahí ni en ningún otro rincón de mi casa. Y tampoco presto a otros lo que me prestan. Mi conclusión: o no lo pedí prestado, o lo devolví y ellos no lo recuerdan. Todo parece preparado para un conflicto sin solución. ¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo podríamos haberlo evitado?

La naturaleza de la memoria

Un elemento clave de la memoria humana es que es reconstructiva y no puramente reproductiva. Esto significa que los recuerdos no se reproducen como un video, sino que se reconstruyen activamente cada vez que recordamos algo.

Este proceso de reconstrucción puede hacer que se añada o se modifique información, según experiencias posteriores, conocimientos o incluso la forma en que se formulan las preguntas.

Un ejemplo clásico de la maleabilidad de la memoria es el estudio de Loftus y Palmer (1974). Pone de relieve dos puntos centrales sobre la fiabilidad de nuestros recuerdos: la influencia de las preguntas sugestivas y el factor tiempo. En primer lugar, el estudio muestra cómo la formulación de las preguntas puede cambiar de manera significativa el recuerdo de un suceso. En segundo lugar, indica que los recuerdos pierden precisión con el tiempo (ya en el plazo de una semana) y que la información sugestiva puede influir más en ellos.

Además, la investigación indica que el olvido es un proceso activo del cerebro que sirve para optimizar la toma de decisiones, en lugar de almacenar información indefinidamente. En este sentido, olvidar la mayoría de nuestras experiencias puede ayudarnos de verdad a aprender lecciones importantes, porque el cerebro se concentra en la información relevante y con el tiempo va perdiendo los detalles menos importantes.

Estos hallazgos subrayan lo importante que es mirar con ojo crítico nuestros propios recuerdos y los de los demás, sobre todo al resolver conflictos, donde la precisión al reconstruir los hechos es decisiva.

Volvamos a la historia del principio: el problema de la situación que describí es que ocurrió hace demasiado tiempo como para reconstruirla con precisión. Como frente a mí había dos personas que parecían compartir el mismo recuerdo, decidí considerar que mi falta de recuerdo y mi forma habitual de actuar no ayudaban en esta situación: «No recuerdo haber pedido prestado el juego, pero siento mucho haberlo pedido prestado y no habérselo devuelto. Como no tengo ni idea de dónde está, me voy a encargar de que tengan uno nuevo». Dicho y hecho. Encargué el juego y se lo devolví a la primera oportunidad.

Evitar los conflictos: el camino hacia el entierro de las relaciones

Ojalá siempre fuera así de «sencillo». El desafío está en que los seres humanos tendemos a evitar los conflictos. Unos más, otros menos. Pero cuando evitamos los conflictos, en realidad no nos libramos de ellos: solo les damos tiempo para echar raíces más profundas. ¡Bienvenidos al camino directo hacia el entierro de nuestras relaciones!

Si somos conscientes de que cada vez que evitamos un conflicto decidimos matar la relación, quizá nos inclinemos más por resolver el conflicto enseguida, antes de que empiece a enterrar nuestra relación.

Con cada «Bah, ya lo aclararé después», «No es para tanto» o «No quiero hablar de eso» damos otra palada para cavar la tumba de nuestra relación.

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Lo mismo vale para las relaciones de los demás. Ayudo a una persona a enterrar su relación cuando me ofrezco como basurero para su frustración. Si me empeño de lleno en ayudar a enterrar esa relación, hasta refuerzo la frustración de esa persona cuando le digo en voz alta que sus quejas están justificadas. ¿Soy consciente de que aquí hablamos de los recuerdos de una sola persona? ¿De cuándo es ese recuerdo? ¿Cuánto tiempo lleva esa persona cargando con él? ¿Y qué recuerda la otra parte?

Algunas experiencias dolorosas de los últimos meses me animaron a deshacerme de mi basurero, ese en el que a la gente le gusta tirar cosas. Con esto no quiero decir que ya no los escuche. Claro que los escucho. Pero les pregunto por qué me cuentan lo que me cuentan. Si solo quieren desahogarse, conmigo se equivocan de puerta. Si quieren un consejo, se lo doy con gusto, y más adelante vuelvo a preguntarles cómo les fue al ponerlo en práctica. Como tendemos a huir de los conflictos, hace falta valor para dar pasos concretos hacia su solución. A mí también me exige valor. Por eso es tan importante tener a nuestro lado personas que nos animen y nos respalden, y que una y otra vez nos den un empujoncito.

Como no quiero cavarle la tumba a ninguna relación, ni a las mías ni a las de otros, he grabado muy hondo en mi corazón las palabras de Jesús y de Pablo. Me ayudan a animar y respaldar a otros. También me ayudan, a nivel personal, a andar más alerta. ¿Significa esto que ahora lo hago todo bien? ¡No! Sigo aprendiendo, y tengo el privilegio de ver cómo los cambios en mi perspectiva y en mi forma de actuar ayudan a que las relaciones vayan sanando.

Resolver los conflictos activamente: Jesús y Pablo como modelos

Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero, si no, lleva contigo a uno o dos más, para que «todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos». Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y, si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo o un cobrador de impuestos. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Además les digo que, si dos de ustedes en la tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Jesús en Mateo 18:15-20)

«Si se enojan, no pequen». No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol ni den cabida al diablo. El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados. Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan. No agravien al Espíritu Santo de Dios con el que fueron sellados para el día de la redención. Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. (Pablo en Efesios 4:26-32)

Manténganse alerta; permanezcan firmes en la fe; sean valientes y fuertes. Hagan todo con amor. (Pablo en 1 Corintios 16:13-14)

Si seguimos los consejos de Pablo y de Jesús, viviremos relaciones más profundas y también libertad en ellas. El consejo de Pablo de no permitir que el enojo nos dure hasta la puesta del sol nos llama a no esperar para resolver los conflictos. Nuestros recuerdos todavía están frescos. Si esperamos, le damos cabida al diablo para que se aproveche de nuestros recuerdos y siembre discordia. No solo se vuelve más difícil reconstruir lo que pasó, sino que el conflicto sin resolver también se hunde más hondo en nuestro corazón.

Así que, si actuamos enseguida e intentamos resolver el conflicto de inmediato, podemos seguir el consejo de Jesús. Hablamos con la persona implicada. Si no quiere hablar, buscamos a otra persona que nos acompañe, y así sucesivamente. Aquí lo decisivo son el valor y el amor. Si no nos dejamos guiar por el amor, nuestras emociones nos zarandean de un lado a otro. ¿Alguna vez has estado en medio de una tormenta? El viento sopla con tanta fuerza que casi te derriba. En cuestión de segundos estás empapado. Las gotas de lluvia te golpean la cara y parecen pequeños granizos. Mantener una conversación en medio de una tormenta así sería muy difícil. Algo parecido pasa cuando nuestras emociones alteradas dirigen la conversación y nos zarandean de un lado a otro.

Pero no podemos simplemente apagar nuestras emociones. Entonces, ¿cómo podemos dejarnos guiar por el amor? Creo que solo es posible si nuestra identidad está firmemente anclada en Jesús, si estamos seguros de su amor incondicional y si también le ofrecemos ese amor a la persona que tenemos enfrente, al decidir amarla.

A veces, «amar a la otra persona» significa de verdad cubrir pequeños pecados y resolver el conflicto directamente con Dios. Algunos conflictos surgen solo porque nosotros mismos tenemos un problema. Una viga en nuestro propio ojo, por así decirlo. Cuando lo reconocemos, nos resulta más fácil soltar. No todas las heridas que sufrimos tienen que ver directamente con la persona que tenemos enfrente. A menudo hay algo enterrado mucho más hondo, que sale a la superficie por las palabras o las acciones de otros. Entonces Dios espera que acudamos a él, que hablemos con él de eso y se lo entreguemos, para que pueda sanarlo. Cuando reconocemos cuál es la verdadera causa de nuestra herida, podemos elegir el camino que nos ayudará a resolver el conflicto: hacia fuera, con la persona, o hacia dentro, con Dios.

Santiago escribe: «Mis queridos hermanos, tengan presente esto: todos deben estar listos para escuchar, pero no apresurarse para hablar ni para enojarse» (Santiago 1:19). Aquí Santiago nos invita a dar los siguientes pasos. Debemos:

  1. Escuchar primero a Dios.
  2. Dejar que Dios ilumine nuestro corazón y nos muestre lo que no anda bien. Muchas veces, después de eso ya no hace falta el paso siguiente.
  3. Solo después de haber hablado con Dios, hablar del tema con otros, ya sea para pedir consejo o para aclarar el conflicto con la persona.

Si no reaccionamos de forma impulsiva y dejamos que Dios calme nuestro corazón, él nos mostrará la verdad sobre la situación, y entonces sabremos qué pasos dar.

«Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Jesús en Juan 8:32).

Pasos prácticos: resolver los conflictos

  • Toma conciencia: Reconoce que los recuerdos pueden ser engañosos. Ten presente que tu recuerdo de los hechos puede estar influido por distintos factores.
  • Fomenta la comunicación: Aborda los conflictos de forma proactiva, comunicándote de manera abierta y sincera. Usa mensajes en primera persona para expresar tus sentimientos sin atacar a la otra persona.
  • Verifica la información: Comprueba los hechos antes de sacar conclusiones. Pregunta, escucha e intenta entender el punto de vista de la otra persona.
  • Ora por la conversación: Antes de ir a hablar con la persona, ora pidiendo sabiduría, las palabras adecuadas y un corazón abierto por ambas partes.
  • Resuelve el conflicto pensando en la relación: Elige conscientemente la relación en lugar de dejar que el conflicto se agrave. Piensa si es más útil encontrar una solución por el bien de la paz y de la relación que insistir en tu versión de la verdad. A veces eso significa ser generoso, aunque creas que tienes la razón. Practica el perdón y el amor.
  • Busca apoyo: Si un conflicto no se puede resolver, busca la ayuda de terceros neutrales, ya sean amigos, miembros de la iglesia o consejeros.

Versión en español: octubre de 2026