Si hubiera cedido a esos pensamientos, quizá habría sentido alivio por un momento y, al mismo tiempo, habría desatado una ola de destrucción…
Quizá a ti te pase lo mismo. Quizá te sientas vacío por dentro, porque inviertes muchísimo y parece que recibes muy poco a cambio. Quizá estés entre dos fuegos: entre los líderes de la iglesia y los padres, o entre los padres y los jóvenes. Quizá tengas que defender tu visión una y otra vez, y te cueste convencer incluso a tu propio equipo. Puede que ahora mismo estés viviendo un despertar espiritual entre los jóvenes, mientras los adultos están llenos de miedo y desconfianza. Sea cual sea tu situación, espero que lo que he aprendido este año te anime a perseverar y a confiar en Jesús en tu desierto, como Josué.
Aprender a confiar en el desierto
Josué fue enviado con otros once exploradores a la tierra prometida para reconocerla.
Cuando regresaron, la tensión entre los israelitas se podía palpar. El pueblo escuchaba su informe con gran expectación.
Entonces diez de los exploradores dijeron a una sola voz: «No podremos combatir contra esa gente. ¡Son más fuertes que nosotros!» (Números 13:31).
Pero Josué y Caleb no podían quedarse callados. Replicaron: «La tierra que recorrimos y exploramos es increíblemente buena. Si el SEÑOR se agrada de nosotros, nos hará entrar en ella. ¡Nos va a dar una tierra donde abundan la leche y la miel! Así que no se rebelen contra el SEÑOR ni tengan miedo de la gente que habita en esa tierra. ¡Ya son pan comido! No tienen quién los proteja, porque el SEÑOR está de parte nuestra. Así que, ¡no les tengan miedo!» (Números 14:7-9).
Pero sus palabras no encontraron eco. Al contrario, toda la comunidad hablaba de apedrearlos (Números 14:10). El pueblo estaba alborotado. Josué sentía el miedo en el campamento, oía las acusaciones, veía la ira en los rostros. Finalmente, Dios mismo intervino. El resultado: 40 años de desierto para todos. También para Josué y Caleb.
Y no, Dios no les dio a Josué y Caleb un lugar donde esperar 40 años y vivir cómodamente mientras los israelitas cumplían su castigo. No. Tuvieron que caminar con ellos: 40 años en el desierto. Caleb tenía 40 años cuando lo enviaron a explorar el país (Josué 14:7). Josué, muy probablemente, también.
Josué y Caleb no habían hecho nada malo y, aun así, tuvieron que ir al desierto con el pueblo durante 40 años.
La Biblia cuenta poco sobre el tiempo que Josué pasó en el desierto. Pero me imagino que hubo momentos en los que pensó: «Se acabó, lo dejo. Ya no puedo más y no quiero seguir». ¿Acaso no había hecho todo lo posible por convencer al pueblo? ¿Por qué tenía que pagar por la incredulidad de los demás?
Quizá en esos momentos Josué recordaba quién es Dios. En el desierto experimentó la fidelidad de Dios: agua de la roca, pan del cielo, la nube de día, el fuego de noche. Cada día era una lección de que Dios es suficiente.
Vio cómo Moisés luchaba, cómo el pueblo se rebelaba y cómo Dios seguía siendo fiel a pesar de todo. Josué tuvo que aprender a no apoyarse en las circunstancias ni en las personas que lo rodeaban, sino solo en Dios.
Pasados los 40 años, llegó el momento. Moisés llamó a Josué y, en presencia de todo Israel, le dijo:
«Sé fuerte y valiente, porque tú entrarás con este pueblo a la tierra que el SEÑOR juró darles a sus antepasados. Tú harás que ellos tomen posesión de su herencia. El SEÑOR mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes» (Deuteronomio 31:7-8).
Y Dios le repitió este llamado en persona.
«Mi siervo Moisés ha muerto. Por eso tú y todo este pueblo deberán prepararse para cruzar el río Jordán y entrar a la tierra que les daré a los israelitas. Tal como le prometí a Moisés, les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies. Su territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano y desde el gran río Éufrates, tierra de los hititas, hasta el mar Mediterráneo, que se encuentra al oeste. Durante todos los días de tu vida, nadie será capaz de enfrentarse a ti. Así como estuve con Moisés, también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y valiente porque tú harás que este pueblo herede la tierra que les prometí a sus antepasados. Solo te pido que seas fuerte y muy valiente para obedecer toda la Ley que mi siervo Moisés te ordenó. No te apartes de ella ni a derecha ni a izquierda; solo así tendrás éxito dondequiera que vayas. Recita siempre el libro de la Ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. Ya te lo he ordenado: ¡sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el SEÑOR tu Dios te acompañará dondequiera que vayas» (Josué 1:2-9).
En Josué 1:1 leemos que Josué había sido el asistente de Moisés. Dios lo había preparado durante 40 años en el desierto. Josué estaba listo. Durante 40 años, Dios lo había formado en el desierto. Había visto con sus propios ojos lo que significa confiar en Dios y lo que pasa cuando uno no lo hace.
Con una fe firme, condujo a una nueva generación, los hijos de quienes habían dudado, a la tierra prometida. Los muros de Jericó no cayeron por la fuerza, sino por la obediencia. Y Josué lo sabía: Nunca fue mi fuerza, sino la promesa de Dios.
Un espejo para nosotros hoy
¿Cuántas veces nos encontramos, como Josué, ante desafíos que nos parecen imposibles? ¿Cuántas veces nos desanimamos por las circunstancias o por la incredulidad de otros, o quizá también por nuestra propia incredulidad? La historia de Josué nos invita a poner la mirada en las promesas de Dios, aunque el camino sea largo y difícil.
Josué nos muestra que la humildad, la obediencia y una mirada firme en la Palabra de Dios no solo nos llevan a través del desierto, sino también a la tierra prometida.
Sean cuales sean tus «40 años en el desierto» ahora mismo, puedes confiar, como Josué:
Cuando Dios llama, te prepara y te sostiene hasta el final.
Cuando terminó la conquista y la tierra prometida se repartió entre el pueblo de Israel, Caleb le recordó a Josué lo que Dios le había prometido.
«Ya han pasado cuarenta y cinco años desde que el SEÑOR hizo la promesa por medio de Moisés, mientras Israel peregrinaba por el desierto; aquí estoy este día con mis ochenta y cinco años: ¡el SEÑOR me ha mantenido con vida! Y todavía mantengo la misma fortaleza que tenía el día en que Moisés me envió. Para la batalla tengo las mismas energías que tenía entonces. Dame, pues, la región montañosa que el SEÑOR me prometió en esa ocasión. Desde ese día, tú bien sabes que los anaquitas habitan allí y que sus ciudades son enormes y fortificadas. Sin embargo, con la ayuda del SEÑOR los expulsaré de ese territorio, tal como él ha prometido». Entonces Josué bendijo a Caleb, hijo de Jefone, y le dio por herencia el territorio de Hebrón (Josué 14:10-13).
No tenemos que preocuparnos por la meta si dejamos que Jesús guíe nuestra vida. Mientras tengamos la mirada puesta en él, llegaremos a la meta que él tiene para nosotros.
Eso es justamente lo que me ha animado a perseverar y a confiar en Jesús en el desierto.
Eres parte del cortejo triunfal de Jesús. La victoria ya es tuya. Él te da la perseverancia, la fuerza y el valor para pelear la buena batalla de la fe.
Jesús te ayuda a perseverar y a confiar en él en el desierto.
«Tenía sesenta años y estaba en la cumbre de mi fuerza y de mi influencia. Era un evangelista conocido y quería escribir libros y predicar. Pero, en lugar de poder servir a Dios de esa manera, me encontré solo en una celda oscura. De repente me habían quitado todo lo que le había dado sentido a mi vida al servicio de Cristo. Y no tenía nada que hacer. Nada, excepto conocer a Dios. En los veinte años siguientes, eso se convirtió en la relación más extraordinaria que he vivido jamás. Pero fue la celda la que me ayudó a llegar ahí» (Wang Mingdao, líder de la iglesia clandestina china, liberado después de 23 años de prisión).
Versión en español: octubre de 2026

