Versículo clave: «Perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Efesios 4:32).
Texto bíblico: Génesis 37 a 45 · Duración: unos 15 a 20 minutos
Introducción
Este es José. Y esta es una pajita que llega muy hondo, hasta el corazón.
Y por esta pajita sale lo que hay en el corazón. A nosotros nos pasa lo mismo. Lo que hay en nuestro corazón vuelve a salir de nosotros, como por esta pajita. Pero volvamos a José.
Lección con objeto
José tenía once hermanos. Imagínense eso a la hora del desayuno. Un día, su papá Jacob le regaló una túnica nueva, preciosa y de muchos colores. Es que Jacob quería muchísimo a José, de una manera muy especial. Y José estaba feliz. No se la quería quitar nunca. A lo mejor hasta se duchaba con ella.
Los hermanos de José se pusieron muy celosos. No es de extrañar. Ellos también querían una túnica así.
Y por si fuera poco, José también tenía sueños raros. Fue a ver a sus hermanos y les contó: «Oigan, hermanos, tuve un sueño: soy el más grande. ¡Un rey ante el que todos ustedes se inclinan!».
Bueno, un consejo de mi parte. Aunque tengas un sueño así, mejor no se lo cuentes a tus hermanos. Por lo visto, José no lo sabía. Ahora sus hermanos lo odiaban todavía más. Hablaban mal de él a sus espaldas, lo humillaban, no lo soportaban.
¿Qué creen que le hizo eso a José?
Eso no se queda en la superficie. Eso llega hasta lo más hondo.
Y un día, cuando estaban solos con José, sus hermanos lo agarraron, le arrancaron su preciosa túnica y quisieron matarlo. Imagínense. Sus propios hermanos. Pero no todos estaban de acuerdo. Así que decidieron venderlo a un traficante de esclavos. Este se llevó a José muy lejos, a Egipto, y allí lo vendió como esclavo. Y a su padre, los hermanos le dijeron que José estaba muerto.
A José lo traicionaron y lo vendieron. Su propia familia. Lejos de casa, lejos de papá, y nadie viene a rescatarte.
En Egipto las cosas no mejoraron. José trabajaba duro. Durante 11 años se mató trabajando como esclavo. Hacía todo bien y, aun así, un día lo acusaron de algo que nunca había hecho. Así fue como José terminó en la cárcel. Siendo inocente.
¿Les ha pasado alguna vez? ¿No hiciste nada malo y aun así te echan la culpa?
Y ahí se quedó. En la cárcel, en un país extranjero. Meses. Años. Todos se habían olvidado de él.
Eso también llega hasta lo más hondo.

Miren esto. Así se ve cuando el enojo y las heridas se acumulan dentro de nosotros. ¿Y se acuerdan? Lo que hay dentro de nosotros…
…vuelve a salir.
¿Qué se habrá acumulado dentro de ti? Tal vez alguien ya te insultó. Tal vez incluso esta semana. Tal vez discutes a menudo con tus hermanos y eso te da rabia. Tal vez tus compañeros de clase te molestan y te duele el estómago cada vez que vas a la escuela.
Si ESTO está dentro de José, ¿qué creen que va a salir de él si algún día vuelve a ver a sus hermanos?
Pero la historia no termina aquí. Porque Dios no se había olvidado de José. Una noche, el faraón, el rey de Egipto, tuvo un sueño que daba mucho miedo. Se despertó empapado en sudor y necesitaba a alguien que le explicara qué significaba ese sueño. Alguien le contó que en la cárcel había uno que sabía de sueños: José.
Así que fueron a buscar a José. Y él le explicó el sueño al faraón: «Tienes que prepararte tú y todo el país, y guardar provisiones durante 7 años. Porque después vendrán 7 años de hambre».
El faraón quedó tan impresionado que sacó a José de la cárcel y lo convirtió en el segundo hombre más poderoso de todo Egipto, encargado de preparar el país para el hambre. Increíble, ¿no? En un solo día, José pasó de preso a príncipe.
Y después de 7 años, el hambre llegó de verdad. Los hermanos de José y su padre también la sufrieron. Ya no tenían nada que comer. Por eso Jacob, el padre de José, mandó a sus hijos a Egipto a comprar comida. Y allí cayeron de rodillas ante el poderoso príncipe y se inclinaron hasta el suelo.
No tenían ni idea de quién estaba delante de ellos. Pero José los reconoció enseguida. Sabía quiénes estaban arrodillados AHÍ, delante de él.
Piénsenlo. Ahora José tiene TODO el poder. Puede hacer con sus hermanos lo que quiera. Están completamente en sus manos. Podría meterlos en la cárcel. Podría convertirlos en esclavos, igual que ellos hicieron con él. Podría hacérselas pagar de verdad.
Y ya vemos lo que se ha acumulado dentro de él. ¿Qué creen que va a salir de él ahora?
José miró a sus hermanos. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. «Soy yo», exclamó. «¡Soy José, su hermano!».
Los hermanos se morían de miedo. Pensaron: ahora viene el castigo.
Pero José les dijo: «No tengan miedo. El mal que ustedes hicieron, Dios lo usó para sacar algo bueno». Y luego los abrazó. A todos. Los perdonó. No los castigó, los salvó. Se llevó a toda la familia a Egipto, donde estaba a salvo y tenía suficiente para comer.
Un momento. ¿Cómo puede ser? Dentro de José tendría que haber ESTO.
Les voy a contar un secreto. José no era simplemente una persona más buena que nosotros. José no podía hacer eso con sus propias fuerzas. Ninguno de nosotros puede. Cuando alguien ha sido muy malo contigo, no puedes simplemente apretar un botón y que el enojo desaparezca. El secreto era que José había vivido con Dios toda su vida y Dios lo llenó por dentro.
Y ahora les voy a mostrar cómo.
El globo es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Cuando creemos que Jesús murió en la cruz por todo el mal que les hacemos a otros y que otros nos hacen, y que cargó con todo ese dolor, con todo ese enojo, y le pedimos que nos lo quite y que entre en nuestra vida, porque desde ahora queremos vivir nuestra vida con Jesús, entonces pasa esto:

¿Lo ven? Cuando Jesús nos llena, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, entra en nuestra vida, en nuestro corazón, y empuja hacia fuera el enojo y todo lo negativo que se ha acumulado dentro de nosotros. Y miren adónde va a parar.
A Jesús. Porque Jesús ya pagó por eso en la cruz. Por lo que otros TE hicieron a ti. Y también por tu enojo, tu miedo, por todo. Y todo eso se lo puedes entregar a él. Sin él no lo logras, por lo menos no por mucho tiempo. Con él, sí.
Aplicación
Como José, puedes perdonar, porque el Espíritu de Dios vive en ti.
Puedes perdonar, porque Jesús te perdonó.
Porque Jesús ha sido bueno contigo, tú puedes hacer el bien.
Pero eso no significa que podamos decir sin más: «Perdono, así que ya está todo bien». No. Cuando alguien nos ha hecho daño, eso también necesita tiempo. Nuestro corazón necesita tiempo para sanar.
Perdonar no significa que ya no nos duela.
Imagina que te rompes una pierna. ¿Qué harías?
Irías al médico, porque sabes que te va a ayudar a que la pierna suelde bien. Pero casi siempre vuelves a casa con un yeso, y el hueso todavía necesita tiempo para soldarse antes de que puedas volver a apoyar el pie del todo.
¿Qué pasaría si no fueras al médico? El hueso podría soldarse mal y podrías tener dolor al caminar para siempre.
Lo mismo pasa con el perdón. Si decidimos no perdonar, podemos quedarnos mal durante mucho tiempo. Nuestras heridas no pueden sanar. Pero si vamos a Jesús, que puede curar las heridas de nuestro corazón, y le pedimos que nos ayude a perdonar, veremos cómo esas heridas duelen cada vez menos con el tiempo y sanan.
Y más aún: veremos cómo, a través de eso, otras personas también sanan las heridas de su corazón.
Cuando José perdonó a sus hermanos y les dijo que no tuvieran miedo, ellos pudieron dejar el miedo y recibir ese perdón. Sus heridas, las de no haber sido tan amados por su padre, pudieron sanar.
Puedes perdonar, porque Jesús te perdonó.
Porque Jesús ha sido bueno contigo, tú puedes hacer el bien.
Por ejemplo, si alguien se lleva tu merienda del recreo y se la come sin preguntarte, y te enteras, seguramente te vas a enojar. No vayas enseguida a buscar a esa persona. Habla primero con Jesús. Él te ayuda con tu enojo y te ayuda a perdonar.
Cuando después vayas a hablar con esa persona, podrías decirle: «Me dolió que te llevaras mi merienda. Me podrías haber preguntado si te daba un poco. Me habría gustado compartirla contigo. Si quieres, mañana te traigo algo. ¿Qué te gustaría?». Seguramente esa persona va a pensar que perdiste la cabeza y te va a preguntar: ¿por qué no te enojas conmigo?
Entonces puedes decirle: me enojé, pero le entregué mi enojo a Jesús y él me ayudó con eso. Es mi mejor amigo. ¿Quieres conocerlo?
¿Qué otras ideas se les ocurren?
Cierre
Ahora vamos a hacer lo siguiente. Vamos a tomarnos un momento para pensar en los últimos días. Voy a poner un poco de música de fondo mientras reparto hojas y bolígrafos.
En cuanto tengas tu hoja y tu bolígrafo, tómate un tiempo para pensar en esto:
¿Con quién te gustaría aclarar algo que pasó en los últimos días, o incluso la semana pasada? ¿A quién quieres pedirle perdón, o a quién quieres perdonar?
Escríbelo. Habla con Jesús de eso. Pídele que te ayude. Si todavía tienes algo que aclarar con alguien, habla con esa persona lo antes posible.
Versión en español: octubre de 2026
